Testimonio Juvenil
Momentos Inolvidables de un SI

Soy Hmna. M. Consuelo Pérez May, con un corazón lleno de gratitud, comparto con ustedes las etapas de mi discernimiento vocacional.

En Yucatán, mi tierra, no lejos del pueblo donde vivía, vinieron las Hijas de la Divina Providencia, la sorpresa que atrajo toda mi atención fue la alegría que irradiaban, a pesar de las dificultades del idioma y las dificultades que experimentaban cada día: eran felices para servir al Señor donde sea y como sea.

Una pregunta me desafió insistentemente: si estas jóvenes hermanas abandonaron a su familia y su tierra natal para venir a nuestra tierra tan lejos, con tantos problemas, ¿por qué yo no? Esa pregunta fue creciendo a lo largo de los años hasta el día en que decidí dar el paso para ingresar a esta Congregación.

La primera experiencia, que dejó una huella indeleble en mi alma, fue la presencia constante del ambiente de fraternidad que reinaba en su comunidad, los tiempos de oración se prepararon y vivieron con fidelidad, en las recreaciones se experimentó la belleza de diferentes culturas de origen y creció mi sueño de vivir con ellas porque solo el amor de Jesús puede unir los corazones.

Esta experiencia inicial fue suficiente para decidir el siguiente paso en el que pedí ingresar al noviciado. Pero para esto tuve que viajar a Chile, salir de mi tierra, encontrarme con diferentes hermanas y al principio fue difícil inserirme a una nueva cultura

Ahora comprendo mejor que estas son las señales que siempre acompañan un viaje de fe y la recompensa no tarda en llegar: me recibieron con mucho amor, todas las hermanas estaban cerca de mí, haciéndome sentir como en casa. En estos dos años, mi vocación, poco a poco, se ha fortalecido superando las dificultades de un camino de empeño exigente que se inclina hacia el “Sí para siempre».

Ulteriormente otra etapa en mi camino de crecimiento vocacional tuvo lugar en Roma, donde el estudio y el idioma no fueron fáciles, pero la ayuda que recibí en todos los niveles, ha madurado en mí la decisión final para ofrecerme al Señor. Después de completar mis estudios, la obediencia me trajo de regreso a mi amada tierra de Yucatán, y con todo el entusiasmo de mi juventud me incorporé a la comunidad de hermanas que en parte conocía y compartí con ellas la misión que tanto amaba.

El 8 de septiembre de 2013, la fiesta de la Natividad de María, el día en que nació mi familia religiosa, experimenté una alegría que nunca había conocido. Ahora siento que el Señor me llama todos los días para darle una respuesta concreta y generosa. Comparto cada día, con la gracia de un maravilloso carisma, el amor que recibí en abundancia.

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